martes, 19 de mayo de 2015

Génesis




Y dijo el hombre: “No está bien que Dios esté solo; voy a hacerle una ayuda semejante a él.”  
Y la creó a ella.

lunes, 14 de abril de 2008

Transformación

El dolor desparece y, ocupando su lugar, queda el recuerdo, el cuerpo doliente del recuerdo.

jueves, 3 de abril de 2008

El fin del mundo

Le digo mamá, no es una equivocación, el fin del mundo es inminente. Entonces ella me abraza, muy fuerte, me abraza y me dice abrígate, cariño, no quiero que pases frío.

viernes, 7 de marzo de 2008

La necesaria presencia humana

Cuando esté vacío de toda vida y mis vidas habiten la vida de los demás. Cuando mi alma sea mojama de cuerpo frío y el calor de lo que fui persista en el recuerdo. Cuando mi boca esté seca, pero mi palabra, ésta, humedezca todavía los oídos de otros... Entonces estaré más vivo de lo que estuve, porque viviré mi existencia multiplicada, inmortal hasta el momento en el que el último ser humano ingrese en la nada... Pero, ¿por qué sólo hasta entonces?, ¿por qué no puede sobrevivir nuestra sombra, en algún lugar indefinido, también cuando no haya quien pueda mirarla, pisarla o cobijarse bajo ella? Lo mismo que existe un limbo y espacios de tránsito (prisiones preventivas de la justicia divina) debe de haber una región sin mentes y por lo tanto sin ideas ni reflexiones ni juicios ni controles ni hambres donde se preserva el recuerdo y se guardan las palabras como joyas, valiosos diamantes por irrepetibles, o mejor aún, pienso: debe de existir un lugar donde se atesoran las palabras al margen de sus brillos, como si se tratara de gotas de agua, ni buenas ni malas, tan sólo las últimas, resistiendo fieles a su condición acuática y milagrosa en el fondo de esa cantimplora que un hombre moribundo transporta colgada al cuello en su travesía por el desierto. Lo sabía: las palabras, si las dejas hablar, terminan siempre reclamando, con la instencia de los no nacidos, la necesaria presencia humana.
Gracias por estar ahí y por darles esta vida.

martes, 29 de enero de 2008

Que no me falten

Vivo rodeado de palabras. ¡Las necesito tanto! Son el grifo de mis ideas, y mis ideas son caballos jóvenes, potros vigorosos que cocean y corren y juegan, aquí arriba, y duermen de pie. Sin las palabras, me ensordecería el eco de sus cascos, y sin oído ¿cómo escucharía lo que otros quieren decirme? ¡No podría si quiera leer en el viento el cuerpo gramatical de sus ideas! Entonces mis caballos se encabritarían, se desbocarían hacia el origen, como cuando huelen el agua, y puede que yo, torpe reconocido, acabe con mis huesos en el suelo y mudo para siempre.
Palabras en esta libreta, ahora en la pantalla, luego en el blog, palabras en un libro, en la prensa, en el cuadro colgado sobre este escritorio.
Que me falte agua, pero no palabras.
Que se detenga el aire, que me niegue el oxígeno, pero no el verbo, el adjetivo, el sustantivo.
Ahora mis caballos pacen y yo también... yo también estoy en paz. Paz. Una palabra de tres letras.

lunes, 3 de diciembre de 2007

El encanto de lo decadente

Aumenta mi interés por lo viejo.
Voy encontrando nuevos placeres en usar ropas antiguas, pasadas, gastadas, astrosas. En un mundo movido por la inercia del derroche, por la necesaria productividad, preocupado por el reciclaje antes que por el no consumo, antes que por la optimización de recursos, resulta que para mí lo decadente tiene encanto (además de letras parecidas las dos palabras).
Un muro que se cae, derruido, con las piedras mordidas por el liquen, los pies tapizados de musgo y algún intrépido helecho haciendo equilibrios en la cúspide como una esperanza florecida entre el lomo vidriado, me dice más que el muro nuevo, que sin duda está llamado a ser ruina prematura, sin historia, en cuanto alguien decida (y no habrá que esperar mucho tiempo) que allí sobra , que molesta, que debería levantarse otro, y vengan las huestes de operarios, activos y mirones, necesitados de su salario para la lavadora, los pañales, el fin de semana, el carajillo y la tele de plasma, y realicen su trabajo deconstructivo y constructivo, con el oído fino a la sirena liberadora.
Sí, prefiero la silla coja, el jersey con bolas, la pared desconchada, el bronce sucio, la mesa trotada, pero todo con solera, con historia irremplazable, de liquen y musgo y esperanzador helecho. Sí, antes prefiero (por fin lo digo) verme envejecer en el azogue del espejo que detener mi memoria y mi vida en una infancia ya imposible, en una adolescencia perdida, en una juventud distinta a la del alma.
Sí, prefiero ese movimiento hacia lo viejo, lo auténtico, lo que puede hablar. Lo prefiero al silencio, casi sepulcral, de lo nuevo.

martes, 6 de noviembre de 2007

Porque no tengo más remedio

Quienes escribimos encontramos un inusial, casi masoquista placer en preguntarnos de vez en cuando por qué escribimos. Es, para que me entiendan, como si un ser vivo para sentirse vivo necesita indagar incesantemente sobre el origen de su respiración. El riesgo: podría ser que, en estas y de tanto pensar, se le olvidara respirar y...
Afortunados somos los escritores, que, como yo en este caso, podemos preguntarnos y escribir al mismo tiempo. Puede que el papel (el de celulosa de antes, la pantalla de ahora) sea el único lugar donde las preguntas cobran cuerpo, siendo de alguna manera reales y compartibles con los otros seres de este mundo físico.
Hoy recurro a Paul Auster para ofrecer una respuesta a mi pregunta (darle un poco de comida para matar el rato, un entretenimiento, un entremés...). Habrá bocaditos, sabrosos y nuevos. Quizás porque escribir es preguntarse, es respirar, y encontrar la solución definiva se parece tanto a la muerte que puede ser y es la muerte misma.
Gracias, Paul

"No sé por qué me dedico a esto. Si lo supiera, probablemente no tendría necesidad de hacerlo. Lo único que puedo decir, y de eso estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia. Me refiero a escribir, y en especial a la escritura como medio para narrar historias, relatos imaginarios que nunca han sucedido en eso que denominamos mundo real. Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe, salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa".